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lunes, 7 de octubre de 2019

Rafael Guízar y Valencia


Nació en Cotija, estado de Michoacán y diócesis de Zamora, Méjico, el 26 de abril de 1878.



 Hacia el sacerdocio   Su primer apostolado

Huérfano de madre a los nueve años, Rafael hizo sus primeros estudios en la escuela parroquial y en un colegio regentado por los padres jesuitas. Maduró durante esos años su vocación al sacerdocio y decidió seguir la llamada de Dios. En 1891 ingresó en el seminario menor de Cotija y en 1896 pasó al seminario mayor de Zamora. El primero de junio de 1901, a la edad de 23 años, fue ordenado sacerdote.

En los primeros años de ministerio sacerdotal, se dedicó con gran celo a dar misiones en la ciudad de Zamora y por diferentes regiones de Méjico. Nombrado en 1905 misionero apostólico y director espiritual del seminario de Zamora, trabajó incansablemente para formar a los alumnos en el amor de la Eucaristía y la devoción tierna y filial a la Virgen.



Perseguido por la fe

En 1911, para contrarrestar la campaña persecutoria contra la Iglesia, fundó en la ciudad de Méjico un periódico religioso, que fue pronto cerrado por los revolucionarios. Perseguido a muerte, vivió durante varios años sin domicilio fijo, pasando toda especie de privaciones y peligros. Para poder ejercer su ministerio, se disfrazaba de vendedor de baratijas, de músico, de médico homeópata. Podía así acercarse a los enfermos, consolarlos, administrarles los sacramentos y asistir a los moribundos.



Misionero incansable

Acosado por los enemigos, no pudiendo permanecer más tiempo en Méjico por el inminente peligro de ser capturado, pasó a finales del 1915 al sur de los Estado Unidos y al año siguiente a Guatemala donde dio un gran número de misiones. Su fama de misionero llegó a Cuba, donde fue invitado para predicar misiones populares. Su apostolado en esa isla fue fecundo, y ejemplar fue también su caridad con las víctimas de una peste que diezmó en 1919 a los cubanos.



Obispo de Veracruz

El primero de agosto de 1919, mientras realizaba en Cuba su apostolado misionero, fue preconizado obispo de Veracruz. Consagrado en la catedral de La Habana el 30 de noviembre de 1919, tomó posesión de su diócesis el 9 del año siguiente. Los dos primeros años los dedicó a visitar personalmente el vasto territorio de la diócesis, convirtiendo sus visitas en verdaderas misiones y en obra de asistencia a los damnificados de un terrible terremoto que había provocado destrucción y muerte entre la pobre gente de Veracruz: predicaba en las parroquias, enseñaba la doctrina, legitimaba uniones, pasaba horas en el confesionario, ayudaba a los que habían sido víctimas del terremoto.


Su misión episcopal.

Una de sus principales preocupaciones era la formación de los sacerdotes. En 1921 logró rescatar y renovar el viejo seminario de Jalapa, que había sido confiscado en 1914, pero el gobierno le incautó otra vez el edificio apenas renovado. El obispo trasladó entonces la institución a la ciudad de Méjico, donde funcionó clandestinamente durante 15 años. Fue el único seminario que estuvo abierto durante esos años de persecución, llegando a tener 300 seminaristas.

De los dieciocho años que regentó la diócesis, nueve los pasó en el exilio o huyendo porque lo buscaban para matarlo. Dio sin embargo muestras de gran valor llegando a presentarse personalmente a uno de sus perseguidores y a ofrecerse como víctima personal a cambio de la libertad de culto.



Su muerte

En diciembre de 1937, mientras predicaba una misión en Córdoba, sufrió un ataque cardíaco que lo postró para siempre en cama. Desde el lecho del dolor dirigía la diócesis y especialmente su seminario, mientras preparaba su alma al encuentro con el Señor, celebrando todos los días la santa misa.

Murió el 6 de junio de 1938 en la ciudad de Méjico. Al día siguiente fueron trasladados sus restos mortales a Jalapa. El cortejo fúnebre fue un verdadero triunfo: todos querían ver por última vez al «santo Obispo Guízar».



personajes históricos de Michoacán



Antonio de Labastida

Zamora de Hidalgo 
(1861-1891)

Nace en Zamora, entonces villa de la diócesis de Michoacán, el 21 de marzo de 1816, hijo menor de Manuel Luciano Labastida y María Luisa Dávalos y Ochoa, una familia de “fortuna mediana”. Su tío, José Antonio de Labastida, cura de Ixtlán le enseña las primeras letras, lo inicia en las humanidades y le despierta su vocación religiosa. En Zamora aprende gramática latina con el profesor Francisco Díaz. A los quince años ingresa al Seminario Tridentino Conciliar de Morelia, en donde realiza estudios de filosofía y de jurisprudencia bajo la dirección de Joaquín Ladrón de Guevara. Allí conoce a Clemente de Jesús Munguía, nativo también de Zamora, “su compañero en estudios, su colega en el foro, en la curia, en el profesorado, en el coro; su hermano en el episcopado, su colaborador en las grandes empresas en pro de la religión y de la patria, su socio inseparable en los triunfos académicos y en las vicisitudes políticas, en las cortes y en el destierro, en la vida y en la muerte”.
Presentado por el general presidente D. Antonio López de Santa-Anna, fue preconizado obispo de Puebla el ILLMO. SR. DR. D. PELAGIO A. DE LABASTIDA Y DÁVALOS en el consistorio celebrado el 23 de Marzo de 1855.

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Su relación con Maximiliano decayó al proclamar éste la libertad de cultos, en febrero de 1865. Al triunfo de la República se instaló definitivamente en Europa, pero sin renunciar a su condición de jefe de la Iglesia mexicana. Como tal, asistió al Concilio Vaticano de 1869-1870. En 1871 el presidente Juárez le permitió volver al país.
Así, en este ambiente de recuperación del poder de la Iglesia Católica, Pelagio Antonio Labastida y Dávalos muere en Oacalco, Morelos, el 4 de febrero de 1891.
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